Opera et orbi. Bélgica-Ruanda sin escalas

Con su perilla de Buffalo Bill y de negro riguroso, Carlos Arroyo (Valladolid, 1964) alza las manos en simetría y monologa pausadamente. No debe ser fácil; acaba de pasar una larga semana en la capital de Ruanda y apenas ha dormido esa noche, tras un vuelo de 14 horas Kigali-Entebe-Ámsterdam-Madrid, aunque la velocidad y coherencia de su discurso no parecen verse afectadas por el trajín aeroportuario. Esquire ha llegado aquí, previa cita telefónica, quince días antes: «A lo mejor podemos aprovechar dos o tres momentos distintos: uno informal, para entrar en materia (1/3), otro en tu estudio (2/3) y el último en tu clase (ahora)». Para alivio de quienes escriben, parece interesado. Dentro flashback.

1/3 Previo informal. Resulta ser una cena de viernes: Jan Compernol, el Gemeente Secretaris (una suerte de alcalde ejecutivo) de OostCampus, está de visita. Puede que conozcan el proyecto: una antigua fábrica de refrescos que se transformó en un paisaje de burbujas —un memorial carbonatado— para convertirse en el centro administrativo de Oostkamp, municipio belga próximo a Gante. Aunque para quienes escriben el resultado equivale a subir de escala la sala de Mocárabes de la Alhambra y meterse dentro, la devoción de Arroyo por el principio de El Amor Brujo de Saura (1986) —en el que se observa como el set de rodaje se transforma en un poblado gitano— explica mejor el efecto buscado: el edificio funciona como un plató que deja visible la tramoya política, como un espacio público en el que se organizan desayunos comunales, de la misma forma en que se reúne el concejo municipal. Este es uno de los dos concursos que ganó en Bélgica hace un lustro —el otro, ligeramente anterior, fue la Academie MWD en Dilbeek, cerca de Bruselas—. [Flashback dentro del flashback: encuentro en 2007 en la calle Barquillo de Madrid: la crisis en lontananza. Tras los pertinentes besos y saludos —Carlos, si te conoce, te da la mano en plan tenista (jiveshake, se dice en argot)—, pasamos a hablar de la magnitud de la tragedia inminente: «tengo claro que ya no concurso en España». Fin del flashback²: regreso a la cena]. Sentados en la mesa, esta noche, se confirma que exportar arquitectura no era una idea pasajera: en el momento de escribir este texto, Arroyo está realizando algunos trabajos en Junín (Argentina), acaba de llegar de Nantes (donde es finalista en un concurso), tiene un inminente viaje a Kigali y pasará a finales de marzo por Roubaix y Florencia.

Los previos de la cena post-OostCampus reúnen al arquitecto y ex-cliente con una copa de vino. No huelan sangre: ya sabemos que los arquitectos tenían como hobby la quema de dinero público, pero no es este el caso —aunque algún ignorante haya visto esas burbujas como una ilusoria manifestación de excesos, su precio final ha rondado los 560 €/m2, más o menos el precio de vivienda social en Madrid—. «Tomaron una decisión valiente, que bien pudiera no haber sido entendida», explica. Entre otras cosas, se refiere al hecho de haber sido el único concursante que decidió conservar la vieja fábrica, ese tipo de edificio que solemos esconder bajo la alfombra cuando ponemos guapas las ciudades. Jan Compernol, asiente de pie junto a él. Aparenta ser muy joven para su cargo. Vanessa Cerezo —quien lleva 10 años trabajando mano a mano con Arroyo y también está invitada a la cena— aclara, mientras hace un círculo con el dedo, que debe tener más o menos «nuestra edad (38 años)», un dato epatante regado por el vino blanco que el Secretaris (premio al empleado público del año) sirve con europea y rubia puntualidad. «El edificio de Carlos funciona incluso mejor de lo que pensaba: ha superado nuestras expectativas», dice un Compernol entusiasta. Incluso ha comprado billetes para asistir a la próxima Bienal de Venecia y ver allí su edificio expuesto, en el Pabellón de España: «¡estamos muy orgullosos!». ¿Cuándo fue la última vez que oyeron a un cliente hablar así de un edificio?

2/3 En el estudio. Al lunes siguiente, recibe Alex, un holandés altísimo (realmente muy alto; tanto que, sentado en el suelo, alcanza el tamaño de un pre-adolescente de pie). La oficina de Carlos Arroyo Architects es pequeña y está conectada a su casa a través de un patio: «la única solución razonable cuando trabajas 12 horas», explica. Tiene, por tanto, cierto carácter doméstico, y carece del mal disimulado pavoneo de otros estudios: los premios se mezclan con maquetas, pequeños juguetes o muestras de material; algunos están encima de la chimenea, lo que, unido a la juventud del personal y la llegada del café con galletas, genera un curioso efecto de gente aplicada haciendo sus deberes en el salón. Las paredes son un parcheado de las distintas capas que había en esa pared, un conjunto de remiendos que revela algo del carácter de Arroyo, perfectamente dispuesto a llevarse la contraria a sí mismo.

Esquire pide echar un vistazo al proyecto de Ruanda. «Fue un caso raro: llegó un mail al estudio buscando arquitectos y pensamos que era un spam». Pero resultó que no y que los promotores, un grupo de reconocidos emprendedores del país —«que dedicaron su esfuerzo y su fortuna a salvar personas del genocidio»—, buscaba una oficina europea con un trato personalizado. ¿Ruanda? «Había estado en África varias veces y cuando surgió esta oportunidad, ya no tenía ese prejuicio automático; sabía dónde se puede ir y dónde no». Arroyo ya ha viajado en cuatro ocasiones a Kigali y diserta durante un instante sobre marcas de cerveza locales —Primus, de Bralirwa, parece la mejor, por si viajan— y cuenta que esa torre «diseñada con materiales locales para evitar importaciones costosas» va a salir adelante, tras cerca de un año de desarrollo. Aunque no esperábamos algo convencional, al ver las fotos del solar resulta aún mas patente la diferencia con su entorno: entre baratos rascacielos de vidrio —¿En un país ecuatorial? «Réplicas chinas», responde socarrón— aparecen dos montañas vegetales y umbrías. El proyecto no se corresponde con ese modelo africanista-pijo y un poco culpable —siempre apelando al lado más perverso de nuestra empatía— que tanto gusta en los medios. ¿Cómo reaccionaron al verlo? «No lo esperaban. Tuvimos que explicarlo durante dos horas, pero cuando de verdad lo entendieron, fueron muy decididos. Al final, se trata de materiales y sistemas muy sencillos de gestión local: una estructura de hormigón, unas carpinterías de madera, que se pueden montar allí, y una malla metálica, que se trae fácilmente en camión desde [el puerto de] Dar-es-Salaam (Tanzania)». ¿Cuándo vuelas? «El sábado».

3/3 En clase. Quince días después, Arroyo se dirige a sus alumnos de la Universidad Europea de Madrid: extiende las palmas hacia abajo, rota las muñecas, junta los dedos, y va ampliando poco a poco el repertorio de gestos. Los estudiantes le observan como conejos deslumbrados por los faros de un coche —aunque sin aparente riesgo de atropello, algo raro en la asignatura de proyectos—. Toman nota a velocidad uniforme; hay algo ciertamente hipnótico en el discurso pausado y la expresividad equilibrada del profesor. Al final remata, se gira y cierra el discurso con algunas sentencias. Interesante: aunque suelta indicaciones suficientes como para construir un país pequeño, el destinatario asiente satisfecho.

Tras la clase, charla informal: «Ni sé la cantidad de veces que he podido explicar el edificio esta semana: al alcalde, a los inversores... —obsérvese lo imprescindible del término ‘explicar’ en el glosario arroyista; todo tiene una lógica interna—. Pero ha estado bien, estamos en marcha y hemos roto el suelo». Ese ‘en marcha’ no deja de ser importante, en tanto se extienden por el mundillo leyendas de promotores que desaparecen y hacen desconfiar de los destinos exóticos a ese aventurero por obligación que es el arquitecto español contemporáneo. Antes de despedirse, saca su teléfono y comenta: «mira lo que encontré en la revista de Qatar Airways». Y enseña una foto de un anuncio orientado a los promotores del Golfo: un sistema que permite levantar campamentos de barracones en muy poco tiempo y construir (verbatim) «edificios industriales, zonas residenciales, complejos deportivos, o comisarías de policía y prisiones». Casas o prisiones son exactamente lo mismo para el anunciante aunque, ojo, bien pueden diferenciarse con un letrero en la puerta. Arroyo se encoge de hombros: «Justo cuando piensas que lo has visto todo... Si que es un mundo raro, sí». INMA E. MALUENDA / ENRIQUE ENCABO

Opera et orbi. Bélgica-Ruanda sin escalas

Con su perilla de Buffalo Bill y de negro riguroso, Carlos Arroyo (Valladolid, 1964) alza las manos en simetría y monologa pausadamente. No debe ser fácil; acaba de pasar una larga semana en la capital de Ruanda y apenas ha dormido esa noche, tras un vuelo de 14 horas Kigali-Entebe-Ámsterdam-Madrid, aunque la velocidad y coherencia de su discurso no parecen verse afectadas por el trajín aeroportuario. Esquire ha llegado aquí, previa cita telefónica, quince días antes: «A lo mejor podemos aprovechar dos o tres momentos distintos: uno informal, para entrar en materia (1/3), otro en tu estudio (2/3) y el último en tu clase (ahora)». Para alivio de quienes escriben, parece interesado. Dentro flashback.

1/3 Previo informal. Resulta ser una cena de viernes: Jan Compernol, el Gemeente Secretaris (una suerte de alcalde ejecutivo) de OostCampus, está de visita. Puede que conozcan el proyecto: una antigua fábrica de refrescos que se transformó en un paisaje de burbujas —un memorial carbonatado— para convertirse en el centro administrativo de Oostkamp, municipio belga próximo a Gante. Aunque para quienes escriben el resultado equivale a subir de escala la sala de Mocárabes de la Alhambra y meterse dentro, la devoción de Arroyo por el principio de El Amor Brujo de Saura (1986) —en el que se observa como el set de rodaje se transforma en un poblado gitano— explica mejor el efecto buscado: el edificio funciona como un plató que deja visible la tramoya política, como un espacio público en el que se organizan desayunos comunales, de la misma forma en que se reúne el concejo municipal. Este es uno de los dos concursos que ganó en Bélgica hace un lustro —el otro, ligeramente anterior, fue la Academie MWD en Dilbeek, cerca de Bruselas—. [Flashback dentro del flashback: encuentro en 2007 en la calle Barquillo de Madrid: la crisis en lontananza. Tras los pertinentes besos y saludos —Carlos, si te conoce, te da la mano en plan tenista (jiveshake, se dice en argot)—, pasamos a hablar de la magnitud de la tragedia inminente: «tengo claro que ya no concurso en España». Fin del flashback²: regreso a la cena]. Sentados en la mesa, esta noche, se confirma que exportar arquitectura no era una idea pasajera: en el momento de escribir este texto, Arroyo está realizando algunos trabajos en Junín (Argentina), acaba de llegar de Nantes (donde es finalista en un concurso), tiene un inminente viaje a Kigali y pasará a finales de marzo por Roubaix y Florencia.

Los previos de la cena post-OostCampus reúnen al arquitecto y ex-cliente con una copa de vino. No huelan sangre: ya sabemos que los arquitectos tenían como hobby la quema de dinero público, pero no es este el caso —aunque algún ignorante haya visto esas burbujas como una ilusoria manifestación de excesos, su precio final ha rondado los 560 €/m2, más o menos el precio de vivienda social en Madrid—. «Tomaron una decisión valiente, que bien pudiera no haber sido entendida», explica. Entre otras cosas, se refiere al hecho de haber sido el único concursante que decidió conservar la vieja fábrica, ese tipo de edificio que solemos esconder bajo la alfombra cuando ponemos guapas las ciudades. Jan Compernol, asiente de pie junto a él. Aparenta ser muy joven para su cargo. Vanessa Cerezo —quien lleva 10 años trabajando mano a mano con Arroyo y también está invitada a la cena— aclara, mientras hace un círculo con el dedo, que debe tener más o menos «nuestra edad (38 años)», un dato epatante regado por el vino blanco que el Secretaris (premio al empleado público del año) sirve con europea y rubia puntualidad. «El edificio de Carlos funciona incluso mejor de lo que pensaba: ha superado nuestras expectativas», dice un Compernol entusiasta. Incluso ha comprado billetes para asistir a la próxima Bienal de Venecia y ver allí su edificio expuesto, en el Pabellón de España: «¡estamos muy orgullosos!». ¿Cuándo fue la última vez que oyeron a un cliente hablar así de un edificio?

2/3 En el estudio. Al lunes siguiente, recibe Alex, un holandés altísimo (realmente muy alto; tanto que, sentado en el suelo, alcanza el tamaño de un pre-adolescente de pie). La oficina de Carlos Arroyo Architects es pequeña y está conectada a su casa a través de un patio: «la única solución razonable cuando trabajas 12 horas», explica. Tiene, por tanto, cierto carácter doméstico, y carece del mal disimulado pavoneo de otros estudios: los premios se mezclan con maquetas, pequeños juguetes o muestras de material; algunos están encima de la chimenea, lo que, unido a la juventud del personal y la llegada del café con galletas, genera un curioso efecto de gente aplicada haciendo sus deberes en el salón. Las paredes son un parcheado de las distintas capas que había en esa pared, un conjunto de remiendos que revela algo del carácter de Arroyo, perfectamente dispuesto a llevarse la contraria a sí mismo.

Esquire pide echar un vistazo al proyecto de Ruanda. «Fue un caso raro: llegó un mail al estudio buscando arquitectos y pensamos que era un spam». Pero resultó que no y que los promotores, un grupo de reconocidos emprendedores del país —«que dedicaron su esfuerzo y su fortuna a salvar personas del genocidio»—, buscaba una oficina europea con un trato personalizado. ¿Ruanda? «Había estado en África varias veces y cuando surgió esta oportunidad, ya no tenía ese prejuicio automático; sabía dónde se puede ir y dónde no». Arroyo ya ha viajado en cuatro ocasiones a Kigali y diserta durante un instante sobre marcas de cerveza locales —Primus, de Bralirwa, parece la mejor, por si viajan— y cuenta que esa torre «diseñada con materiales locales para evitar importaciones costosas» va a salir adelante, tras cerca de un año de desarrollo. Aunque no esperábamos algo convencional, al ver las fotos del solar resulta aún mas patente la diferencia con su entorno: entre baratos rascacielos de vidrio —¿En un país ecuatorial? «Réplicas chinas», responde socarrón— aparecen dos montañas vegetales y umbrías. El proyecto no se corresponde con ese modelo africanista-pijo y un poco culpable —siempre apelando al lado más perverso de nuestra empatía— que tanto gusta en los medios. ¿Cómo reaccionaron al verlo? «No lo esperaban. Tuvimos que explicarlo durante dos horas, pero cuando de verdad lo entendieron, fueron muy decididos. Al final, se trata de materiales y sistemas muy sencillos de gestión local: una estructura de hormigón, unas carpinterías de madera, que se pueden montar allí, y una malla metálica, que se trae fácilmente en camión desde [el puerto de] Dar-es-Salaam (Tanzania)». ¿Cuándo vuelas? «El sábado».

3/3 En clase. Quince días después, Arroyo se dirige a sus alumnos de la Universidad Europea de Madrid: extiende las palmas hacia abajo, rota las muñecas, junta los dedos, y va ampliando poco a poco el repertorio de gestos. Los estudiantes le observan como conejos deslumbrados por los faros de un coche —aunque sin aparente riesgo de atropello, algo raro en la asignatura de proyectos—. Toman nota a velocidad uniforme; hay algo ciertamente hipnótico en el discurso pausado y la expresividad equilibrada del profesor. Al final remata, se gira y cierra el discurso con algunas sentencias. Interesante: aunque suelta indicaciones suficientes como para construir un país pequeño, el destinatario asiente satisfecho.

Tras la clase, charla informal: «Ni sé la cantidad de veces que he podido explicar el edificio esta semana: al alcalde, a los inversores... —obsérvese lo imprescindible del término ‘explicar’ en el glosario arroyista; todo tiene una lógica interna—. Pero ha estado bien, estamos en marcha y hemos roto el suelo». Ese ‘en marcha’ no deja de ser importante, en tanto se extienden por el mundillo leyendas de promotores que desaparecen y hacen desconfiar de los destinos exóticos a ese aventurero por obligación que es el arquitecto español contemporáneo. Antes de despedirse, saca su teléfono y comenta: «mira lo que encontré en la revista de Qatar Airways». Y enseña una foto de un anuncio orientado a los promotores del Golfo: un sistema que permite levantar campamentos de barracones en muy poco tiempo y construir (verbatim) «edificios industriales, zonas residenciales, complejos deportivos, o comisarías de policía y prisiones». Casas o prisiones son exactamente lo mismo para el anunciante aunque, ojo, bien pueden diferenciarse con un letrero en la puerta. Arroyo se encoge de hombros: «Justo cuando piensas que lo has visto todo... Si que es un mundo raro, sí». INMA E. MALUENDA / ENRIQUE ENCABO