Gran Fuerza

Inma E. Maluenda / Enrique Encabo

De entre todas las fotografías de la Case Study #8, construida por Charles y Ray Eames para sí mismos, quizá las mas hermosas sean aquellas en las que parecen deslizarse, como si tal cosa, las puntas de lo cotidiano: un burrito comprado en una escapada a México, unas luces traídas del Tivoli de Copenhague o unos guijarros y conchas de una playa del Pacífico. Eso enseñaban los Eames en el film House: After Five Years of Living, de 1955… un desfile de bibelots de diez minutos musicado por Elmer Bernstein —Instagram hace sesenta años—. Al revisarlo, el efecto es fascinante… no es posible dilucidar si se trata de una filmación o de una colección de postales domésticas. Esa congelación, en realidad, no es más que un recurso de extrañamiento: las llamas de las velas o una mosca en el encuadre, incluso el océano mismo — al fondo en alguna toma—, entran así a formar parte de esa colección de objetos: la casa como relicario.

María Langarita y Víctor Navarro fundaron en 2005 su propia oficina: Langarita-Navarro arquitectos. Hoy, en este preciso instante, son Mr & Mrs Mojo risin’ sobre un carrusel de premios, en buena parte debidos a sus dos últimas obras, ambas en Madrid y terminadas en el último bienio: la Red Bull Music Academy (ahora Nave de Música, en Matadero Madrid) y el Medialab Prado. Langarita y Navarro no solo acaparan el instante, sino que cada vez que se habla del futuro, especialmente de esa derivación un poco histérica que es el presente inmediato — el ‘por-venir’, diríamos—, son un nombre recurrente. El porqué tiene alguna explicación más allá de que sean guapos, cultos, simpáticos y con talento. La que aquí se expone es, como bien muestra la fotografía, que no se mueven. Ni en el espacio, ni en el tiempo, como buenos kuroi.

Langarita y Navarro no viven, a diferencia de los Eames, en una casa hecha por ellos; y aunque podrían empatizar con ese Wunderkammer doméstico, practican la táctica opuesta: mientras que los Eames coleccionaban el mundo en su casa, ellos diseminan “su casa” por el mundo. Para buscar así su habitación propia en el núcleo mismo de su producción construida.

Ese responder “desde-la-casa” está vertebrado por cierta urgencia, porque ésta no es un espacio de libertad: esa casa-república es un timo. La anfibología entre el origen y el significado de la palabra ‘doméstico’ provoca reflejos inquietantes. Domesticar algo es, etimológicamente, “llevarlo a la casa”, pero también “limar sus aristas”. Así, “entrar en la casa” implica aceptar ciertas reglas opuestas al supuesto espíritu de libertad que buscamos en lo privado, donde dejamos al aire nuestros vicios más benévolos o nuestras virtudes más inconfesables. Pero la casa no es solo un sistema regulador, sino que ha sido domesticada y polinizada por los recursos industriales, la comunicación y el entorno bien climatizado. Eso ha hecho que durante el pasado siglo se haya ido convirtiendo, poco a poco, en una suerte de oficina donde acampar. “¡Flexibilidad!”, decía el estribillo. “¡Tecnología!”, recitaba el coro. “Erm… espera un momento”, carraspean nuestros amigos.

Langarita y Navarro desafían este corsé conductista o filotecnológico. Para ellos, una casa es una casa y lo demás también. Y la reivindican libre en su trabajo. ¿No es una casa la Red Bull Music Academy, con sus reclinatorios, su terraza compartida de músicos en vecindad, su iluminación a base de flexos rojos o su auditorio de salón? ¿O el Lolita, un restaurante de carretera con sus lámparas de colores, o la barra de apartamento vacacional o sus sillones en la mesa-camilla? ¿O el MediaLab Prado, con su aspecto de desván tecnificado, su escalera de vecindad geek o la tele comunitaria? Pues sí lo son, sí, y son suyas. Algunos consideran indeseable que un arquitecto trabaje para sí mismo porque lo confunden con trabajar de cara a la galería; pero no hay otra manera de crear algo que nos afecte. Proyectar es proyectar(se). Aquí existe, sin sentimentalismo, una transferencia de afectos desde lo personal: se hace para los demás lo que uno querría para sí mismo. ¿Puede desearse algo mejor para el otro?

Como el espacio, el tiempo emancipado juega un papel importante en la construcción de Langarita-Navarro. En su trabajo recitan el versículo del éxito: “esto está pasando aquí y ahora, míralo”. Pertenecen a su propio momento y lugar aunque, a decir verdad, no tanto a un instante único como a varios a la vez. Practican la que podría denominarse como una arquitectura de todas las posibilidades. Se trata de una indecisión voluntaria, de un gusto por el relato abierto que les libera de ciertas tiranías del instante y que establece, inevitablemente, relaciones de simpatía con su trabajo. Lo hacen mediante un vocabulario perfectible, reescrito constantemente encima de sí mismo ¿Flúor mancuniano? Sí ¿Bricolaje estilo libre? Correcto ¿Tuberías de juguete? Check ¿Tropicalismo mesetario? De acuerdo. De entre todas las realidades, hacen que sea ésta, precisamente, la que se nos aparezca dotada de cierta inevitabilidad, porque han conseguido eso tan difícil que es viajar no a través del tiempo, sino sobre él, en perfecta sincronía con el devenir de los acontecimientos, sin apresurarse o remolonear, sin atropellos o nostalgias.

Existe un prejuicio un tanto injusto sobre la estática, tan indeseable, tan clásica y polvorienta... Pero una estructura aparentemente inmóvil (o a velocidad constante) puede estarlo, en vez de por no soportar acción alguna, por su extraordinaria resistencia frente a las acciones externas. Ellos, María y Víctor, poseen esa capacidad mecánica de resistir el movimiento, también llamada independencia: aún se atreven a mostrarse en lo que hacen y aún permiten que lo imprevisible tenga lugar todo el tiempo. Deberían, si es que todo sigue en su sitio, mantener su estasis durante los próximos diez años; sería noticia lo contrario. Si ustedes abren estas páginas y los observan, incluso si releen en una década estas líneas, entenderán que es de una crueldad innecesaria condenar a cualquiera a conocer su futuro, si bien no en sus pormenores, sí en sus líneas generales. En su caso, apenas importa frente a la certeza de que lo que pase será suyo. Inexorablemente. Cabrones.

Madrid, 14 de septiembre de 2013

Gran Fuerza

Inma E. Maluenda / Enrique Encabo

De entre todas las fotografías de la Case Study #8, construida por Charles y Ray Eames para sí mismos, quizá las mas hermosas sean aquellas en las que parecen deslizarse, como si tal cosa, las puntas de lo cotidiano: un burrito comprado en una escapada a México, unas luces traídas del Tivoli de Copenhague o unos guijarros y conchas de una playa del Pacífico. Eso enseñaban los Eames en el film House: After Five Years of Living, de 1955… un desfile de bibelots de diez minutos musicado por Elmer Bernstein —Instagram hace sesenta años—. Al revisarlo, el efecto es fascinante… no es posible dilucidar si se trata de una filmación o de una colección de postales domésticas. Esa congelación, en realidad, no es más que un recurso de extrañamiento: las llamas de las velas o una mosca en el encuadre, incluso el océano mismo — al fondo en alguna toma—, entran así a formar parte de esa colección de objetos: la casa como relicario.

María Langarita y Víctor Navarro fundaron en 2005 su propia oficina: Langarita-Navarro arquitectos. Hoy, en este preciso instante, son Mr & Mrs Mojo risin’ sobre un carrusel de premios, en buena parte debidos a sus dos últimas obras, ambas en Madrid y terminadas en el último bienio: la Red Bull Music Academy (ahora Nave de Música, en Matadero Madrid) y el Medialab Prado. Langarita y Navarro no solo acaparan el instante, sino que cada vez que se habla del futuro, especialmente de esa derivación un poco histérica que es el presente inmediato — el ‘por-venir’, diríamos—, son un nombre recurrente. El porqué tiene alguna explicación más allá de que sean guapos, cultos, simpáticos y con talento. La que aquí se expone es, como bien muestra la fotografía, que no se mueven. Ni en el espacio, ni en el tiempo, como buenos kuroi.

Langarita y Navarro no viven, a diferencia de los Eames, en una casa hecha por ellos; y aunque podrían empatizar con ese Wunderkammer doméstico, practican la táctica opuesta: mientras que los Eames coleccionaban el mundo en su casa, ellos diseminan “su casa” por el mundo. Para buscar así su habitación propia en el núcleo mismo de su producción construida.

Ese responder “desde-la-casa” está vertebrado por cierta urgencia, porque ésta no es un espacio de libertad: esa casa-república es un timo. La anfibología entre el origen y el significado de la palabra ‘doméstico’ provoca reflejos inquietantes. Domesticar algo es, etimológicamente, “llevarlo a la casa”, pero también “limar sus aristas”. Así, “entrar en la casa” implica aceptar ciertas reglas opuestas al supuesto espíritu de libertad que buscamos en lo privado, donde dejamos al aire nuestros vicios más benévolos o nuestras virtudes más inconfesables. Pero la casa no es solo un sistema regulador, sino que ha sido domesticada y polinizada por los recursos industriales, la comunicación y el entorno bien climatizado. Eso ha hecho que durante el pasado siglo se haya ido convirtiendo, poco a poco, en una suerte de oficina donde acampar. “¡Flexibilidad!”, decía el estribillo. “¡Tecnología!”, recitaba el coro. “Erm… espera un momento”, carraspean nuestros amigos.

Langarita y Navarro desafían este corsé conductista o filotecnológico. Para ellos, una casa es una casa y lo demás también. Y la reivindican libre en su trabajo. ¿No es una casa la Red Bull Music Academy, con sus reclinatorios, su terraza compartida de músicos en vecindad, su iluminación a base de flexos rojos o su auditorio de salón? ¿O el Lolita, un restaurante de carretera con sus lámparas de colores, o la barra de apartamento vacacional o sus sillones en la mesa-camilla? ¿O el MediaLab Prado, con su aspecto de desván tecnificado, su escalera de vecindad geek o la tele comunitaria? Pues sí lo son, sí, y son suyas. Algunos consideran indeseable que un arquitecto trabaje para sí mismo porque lo confunden con trabajar de cara a la galería; pero no hay otra manera de crear algo que nos afecte. Proyectar es proyectar(se). Aquí existe, sin sentimentalismo, una transferencia de afectos desde lo personal: se hace para los demás lo que uno querría para sí mismo. ¿Puede desearse algo mejor para el otro?

Como el espacio, el tiempo emancipado juega un papel importante en la construcción de Langarita-Navarro. En su trabajo recitan el versículo del éxito: “esto está pasando aquí y ahora, míralo”. Pertenecen a su propio momento y lugar aunque, a decir verdad, no tanto a un instante único como a varios a la vez. Practican la que podría denominarse como una arquitectura de todas las posibilidades. Se trata de una indecisión voluntaria, de un gusto por el relato abierto que les libera de ciertas tiranías del instante y que establece, inevitablemente, relaciones de simpatía con su trabajo. Lo hacen mediante un vocabulario perfectible, reescrito constantemente encima de sí mismo ¿Flúor mancuniano? Sí ¿Bricolaje estilo libre? Correcto ¿Tuberías de juguete? Check ¿Tropicalismo mesetario? De acuerdo. De entre todas las realidades, hacen que sea ésta, precisamente, la que se nos aparezca dotada de cierta inevitabilidad, porque han conseguido eso tan difícil que es viajar no a través del tiempo, sino sobre él, en perfecta sincronía con el devenir de los acontecimientos, sin apresurarse o remolonear, sin atropellos o nostalgias.

Existe un prejuicio un tanto injusto sobre la estática, tan indeseable, tan clásica y polvorienta... Pero una estructura aparentemente inmóvil (o a velocidad constante) puede estarlo, en vez de por no soportar acción alguna, por su extraordinaria resistencia frente a las acciones externas. Ellos, María y Víctor, poseen esa capacidad mecánica de resistir el movimiento, también llamada independencia: aún se atreven a mostrarse en lo que hacen y aún permiten que lo imprevisible tenga lugar todo el tiempo. Deberían, si es que todo sigue en su sitio, mantener su estasis durante los próximos diez años; sería noticia lo contrario. Si ustedes abren estas páginas y los observan, incluso si releen en una década estas líneas, entenderán que es de una crueldad innecesaria condenar a cualquiera a conocer su futuro, si bien no en sus pormenores, sí en sus líneas generales. En su caso, apenas importa frente a la certeza de que lo que pase será suyo. Inexorablemente. Cabrones.

Madrid, 14 de septiembre de 2013